Jorge Gonzáles Rodríguez and Juan Carlos Armengol Manzo

30 de marzo de 2011

Camagüey cuenta con un nuevo sacerdote

Por: Gioberti Jiménez González

Nuevitas, Camagüey: marzo 27. "En la iglesia de Tarafa vivimos Melba y yo, cuando monseñor Adolfo nos encomendó custodiarla por un buen tiempo". Así comentó a este reportero el nuevo sacerdote de la arquidiócesis de Camagüey, Julio Antonio Perozo García, de sesenta y dos años, quien junto a su familia ha sido fiel a la Iglesia camagüeyana durante varias décadas, y recibió el sacramento del Orden Sacerdotal, el pasado día 25, en su parroquia de Nuevitas, después de haber sido diácono permanente por casi cuatro años y despedir a su esposa Melba casi desde la misma fecha, para su eterno viaje hacia la casa del Padre.

En misa solemne, presidida por monseñor Juan García, arzobispo de Camagüey y concelebrada por monseñor Mario Mestril, obispo de la diócesis de Ciego de Ávila, junto a casi todos los sacerdotes de las comunidades camagüeyanas, el hermano Julio recibió, por la imposición de manos de los obispos y sacerdotes presentes, el sacramento que lo llama a seguir con fidelidad y entrega consagrada la encomienda de la Iglesia, al ser designado como Vicario Parroquial de Nuevitas.

Al finalizar, el nuevo sacerdote se dirigió al pueblo congregado en la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad en Nuevitas, para dar gracias a Dios y a la Virgen por poner en sus manos un gran compromiso como miembro de la comunidad católica cubana, e hizo saber que el versículo del salmo 119, escogido como lema para   la ordenación, le guiará en el sendero que tiene por delante: "Lámpara es tu palabra para mis pasos".

El padre Julio Perozo celebró el sábado 26, a las ocho de la noche, su primera eucaristía en la capilla Nuestra Señora del Carmen de la ciudad del mar, como le llaman los habitantes a su localidad. La Iglesia en Camagüey está de fiesta por la consagración  de uno de sus hijos. La oración de sus fieles ha de ser por la perseverancia de este hombre de Dios, quien nunca abandonó la misión que le encomendara Monseñor Adolfo en tiempos espinosos, en los que  la Iglesia cubana logró permanecer.