Jorge Gonzáles Rodríguez and Juan Carlos Armengol Manzo

16 de marzo de 2011

EXPERIENCIAS MISIONERAS

EXPERIENCIAS MISIONERAS

 

Cuando escuché hablar de la misión en la diócesis Guantánamo-Baracoa, en mi miseria humana pensé que era una oportunidad para visitar a algunos de mis familiares que viven en esa zona pero la realidad fue muy diferente. He tenido algunas experiencias de Dios pero nunca fue tan fuerte como en esta misión, eso fue un encuentro especial con Dios difícilmente comunicable pues no hay palabras que puedan describir un encuentro como éste.

Se me asignó la misión en un pueblo llamado Carrera Larga en el municipio El Salvador, acompañando al P. Manolito, Silvia laica de La Catedral y Daibel de la Parroquia de Florida. Visitamos casa por casa, puerta a puerta. Una vez más pudimos ver cómo el pueblo muestra su amor por la Virgen y que aunque no actúan conscientes manifiestan la sed de Dios. Pude experimentar que hacen falta muchos cristianos que puedan revelar a Cristo que vive oculto en aquellas personas con tanta sencillez, pobreza material y espiritual, con falta de esperanza, personas que por amor brindan todo lo que tienen sin esperar nada, personas que no saben que ese amor viene del mismo Dios que no los abandona, personas que aún no tienen respuestas a las preguntas ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?

La presencia de la Virgen hace vibrar de gozo al pueblo, todos querían estar cerca de ella, niños, jóvenes, ancianos cantaban y disfrutaban de aquel encuentro. Muchos se acercaron a preguntarnos si nosotros nos quedaríamos en el pueblo, su deseo no era que nosotros nos quedáramos sino que alguien les ayudara a acercarse más a Dios, que ese Jesús, que la madre presentaba, ellos también lo pudieran ver y conocer, ser sus amigos.

Después de terminada la misión comprendí mejor qué quiso decir Jesús cuando dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan mi palabra y la cumplen”. Allí sentí que no era necesario visitar a nadie más que a aquellas personas con las que viví esos días. Me sentí, junto a los misioneros, en una verdadera familia, la familia que siempre añoré, diferentes personas con un mismo propósito, llevar al pueblo a Jesús a través de María. Mi alma se llenó de satisfacción con las señoras del pueblo que nos atendieron con su sensibilidad, su entrega. Su fraternal acogida me permitió percibir que tenían un correcto sentido de lo que es un cristiano verdadero.

El P. Manolito, con su entrega y capacidad de inserción con el mundo de los enfermos y los pobres, impulsó cualitativamente mi compromiso como misionera; Silvia con su espiritualidad, su capacidad de servicio y su humildad me mostró que cuando se está con Dios la felicidad es real y completa; Daibel con su alegría juvenil, creatividad y deseos de hacer aliviaba mi cansancio después de largas jornadas.

Todo lo vivido me ha confirmado que para vivir en el paraíso, en el Reino de Dios, no es necesario pasar por la muerte pues en este mundo donde vivimos y sabemos que está Dios podemos crear el paraíso, podemos hacer que Dios reine y nos llene de gozo, felicidad y placer.

 

                                                                   Rachel González Rivera