Jorge Gonzáles Rodríguez and Juan Carlos Armengol Manzo

25 de mayo de 2011

DESPEDIDA DEL NUNCIO

SALUDO EN LA MISA DE DESPEDIDA

(La Habana, 23 de mayo de 2011)

Eminencia Reverendísima,

Excelentísimos Monseñor Jorge Serpa. Monseñor Manuel de Céspedes, Monseñor Domingo Oropesa,

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas,

Excelentísimos Representantes del Gobierno,

Queridos Colegas del Cuerpo Diplomático y sus Esposas,

Queridos amigos de las diferentes denominaciones Cristianas,

Queridos fieles todos, Santo pueblo de Dios,

Una sola palabra puede sintetizar todos los sentimientos que alberga en este momento mi corazón: ¡gracias!

¡Gracias a Dios que hoy nos ha congregado y ha colmado mi alma de tantos beneficios durante mi permanencia en vuestra maravillosa Isla!

¡Gracias a cada uno de ustedes por su presencia, por su simpatía, por su apoyo!

Gracias a Usted, querido Señor Cardenal, por las amables y demasiado generosas palabras que me ha dirigido, pero sobre todo gracias por el inspirado ministerio que junto con sus hermanos Obispos lleva a cabo para el esplendor de esta Iglesia en Cuba y para el bien de todo el pueblo cubano.

Hace apenas un año y medio que inicié mi misión como Nuncio Apostólico, con una Misa en esta majestuosa Catedral, proponiéndome dar lo mejor de mí por esta Iglesia. Se me ha dado poco tiempo para verificar la veracidad de mis propósitos.  Sin embargo, no por mis propios méritos, sino por la bondad y la generosidad de ustedes me sentí enseguida bien acogido, amado y apoyado. Sus múltiples manifestaciones de afecto no las he considerado dirigidas a mi humilde persona sino al Santo Padre a quien he tenido el honor de representar entre ustedes.

He recorrido esta encantadora Isla, visitando casi todas las diócesis. Tengo el pesar de no haber podido llegar a las Diócesis de Bayamo y de Pinar del Río, cuyas visitas estaban programadas para este período. Trato de suplir mi ausencia, enviando desde aquí mi saludo afectuoso y alentador a esas comunidades cristianas.

Me llevo el recuerdo de un pueblo de maravillosas cualidades: culto, solidario, amistoso, hospitalario, emprendedor, gallardo, amante del arte, lleno de sentido del humor. Pero tambièn llevo conmigo sus sufrimientos y el deseo de un nivel de vida más digno. Con interés seguimos los esfuerzos de sus gobernantes para encontrar soluciones que puedan ayudar al País a salir de la preocupante crisis económica en la que se encuentra. Nuestro amistoso y efusivo augurio es, que lo antes posible se vean los resultados esperados y que la gente obtenga beneficio inmediato.

En mi alma permanece sobre todo la imagen de una Iglesia viva, valiente, paciente, signo de luz y de esperanza. He estado presente en liturgias, no sólo en las Catedrales o en las grandes iglesias de las diferentes diócesis, sino también en pequeñas comunidades, reunidas bajo los árboles o en casas de misión. En todas partes he encontrado la misma fe y el deseo de ser testigos vivos  del Amor de Dios y de la presencia del Resucitado en medio de ellos.

A ustedes, queridos sacerdotes, religiosas, laicos cristianos comprometidos, va dirigido el reconocimiento de la Iglesia porque ella es grande, es viva, es siempre punto de atracción, gracias al testimonio de fe de todos ustedes, a sus sacrificios, a sus incansables obras de caridad, a su acción silenciosa que muchas veces es incomprendida.

He admirado vuestra capacidad de saber inventar iniciativas singulares para ir al encuentro del otro. De ustedes he aprendido que no se puede circunscribir la Iglesia solamente a la oración, a las bellas ceremonias litúrgicas, porque es precisamente en la oración que el corazón estalla por el deseo de hacer algo a favor de los demàs, de dedicarse generosamente para aliviar los sufrimientos de los otros, para esparcir los valores evangélicos de justicia, de amor auténtico, de libertad. En la oración el sacerdote y el auténtico cristiano encuentran punzante e inaplazable el reclamo evangélico: ¿cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves, si no amas al hermano que ves? ìAh! Si se entendiese vuestro profundo deseo de ser simples sembradores de bien, de paz, de reconciliación. ìAh! Si pudieran tener el espacio necesario para expresarlo, ìqué torrente de amor auténtico y de bondad se esparciría por toda la sociedad! Es oportuno repetir a quien todavía mira con desconfianza a la Iglesia, el célebre grito del beato Juan Pablo II: ¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!... Sólo él tiene palabras de vida. ¡Sí! De vida eterna.

Querida Iglesia cubana, de ti, he aprendido que frente a las dificultades, a los obstáculos, a las limitaciones de los espacios propios, no hay que rendirse, no hay que refugiarse en el desaliento, no hay que replegarse sobre uno mismo, no se lanzan palabras de condena; sino que hay que descubrir el valor de la Cruz donde Cristo, reducido a la impotencia alcanza, en ese lugar y en ese momento, el máximo de la operatividad: en el anonadamiento total de sí mismo realiza el proyecto de su Amor infinito: la salvación de la humanidad.

Y al mundo, Iglesia de Cuba, le recordarás que tu mirada va màs allà del viernes santo, y que con intrépida esperanza continúas dejándote guiar por la luz proveniente de la Pascua de Resurrección.

La Iglesia de Cuba en la persona de Su Eminencia el Cardenal Ortega Alamino y de Su Excelencia Mons. Dionisio García, Presidente de la Conferencia Episcopal, habiendo sido llamada a ser mediadora para la liberación de presos, ha realizado admirablemente su misión de madre de la misericordia y de amor hacia la humanidad sufriente. Estamos agradecidos al Excelentísimo Presidente de la República, General de Ejército Raúl Castro, que invitando a la Iglesia Católica a asumir la responsabilidad de tal intermediación, le ha reconocido el rol que ella desempeña en la sociedad cubana. Es nuestro auspicio que el diálogo iniciado se siga desarrollando, convencidos como estamos, que la misión de la Iglesia no es otra que la de contribuir al bien integral del hombre y de la sociedad.

En estos días de despedidas, me han repetido: no se olvide de nosotros, màs aùn: sea nuestro abogado. En mi escudo episcopal hay una estrella sobre el mar en tempestad. Es la “stella maris”, título que, como ustedes saben, nosotros cristianos le damos a la Virgen María. Nacì como ustedes en una Isla, Cerdeña; cuando hay tormenta en el mar poco se puede hacer y por tanto nos dirigimos espontáneamente a la “stella maris” que para nosotros, sardos, es ¡la Señora de Bonaria! De ahora en adelante junto a aquel título estará también su Virgencita, la Virgen de la Caridad del Cobre, que con ustedes he aprendido a amar e invocar. La invocación a la Virgen de la Caridad me ayudará a recordar sus alegrías, sus penas, sus esperanzas y no olvidarlos nunca.

Mirándolos, leo en sus ojos una pregunta que seguro querrían hacerme: ¿Ahora que Usted, Mons. Angelo, estará cerca del Papa logrará hacerlo venir a Cuba? Mi respuesta quisiera ser positiva, pero hasta ahora no puedo decirles nada, sólo exhortarlos a rezar e implorar a la Virgen del Cobre para que sea ella quien conceda esta gracia esperada por todos los cubanos.

Termino pidiéndoles sólo una cosa para mí: rueguen a la Virgencita tambièn por mí, para que, habiendo sido llamado por el Santo Padre a colaborar más cerca de El, pueda ser un don de amor para Él y para la Iglesia universal!

Los bendigo y los abrazo a todos en el Señor! Gracias!